jueves, 8 de enero de 2009

Biocombustibles, lo que esta en juego.


Biocombustibles:

El actual y fuerte debate en torno a los biocombustibles (etanol y biodiesel) plantea el riesgo de no evaluar en su verdadera magnitud y potencial a la energía proveniente de la biomasa o “bioenergía”. De hecho, la biomasa es la fuente energética renovable de mayor participación a escala global y eso continuará siendo así en el futuro. El etanol y el biodiesel representan solo una opción entre las numerosas alternativas energéticas que la biomasa ofrece, siendo, además, las menos atractivas para la reducción de gases de efecto invernadero.

Greenpeace considera que la bioenergía es parte de la solución para combatir el cambio climático, pero no es “la solución”. Atenuar las consecuencias de años de uso masivo de energías contaminantes y destructoras del clima requiere de una serie de medidas y tecnologías energéticas muy diversas que contribuyan a reducir nuestro consumo y a reemplazar a las fuentes energéticas sucias. Es esencial que el sector de la bioenergía no se vuelva parte del problema que busca resolver ni genere nuevos problemas ambientales.

La biomasa o bioenergía ha tenido un papel importante en el suministro energético a escala global y regional desde hace mucho tiempo. Actualmente representa cerca del 10% del total de la energía consumida en el mundo. Las tecnologías para hacer uso de esa energía contenida en la biomasa son diversas y no todas explotadas con la misma intensidad. Por lo general, sus usos tradicionales, han sido perjudiciales para el medio ambiente, como es el caso del uso de la leña producto de prácticas forestales destructivas, y para la salud humana, cuando se utilizan sistemas de combustión de biomasa ineficientes en sitios cerrados o poco ventilados.

En la actualidad existe una gran preocupación respecto de los impactos ambientales y sociales vinculados a un incremento en el uso de la biomasa. En particular, aquellos impactos asociados a un desarrollo a gran escala del uso de la biomasa a través de biocombustibles con el objeto de ser utilizados en el transporte. Muchos de los datos sobre los posibles efectos son aún confusos, falta información y existen grandes incertidumbres. Los recursos disponibles y el potencial para desarrollar aplicaciones amigables con el clima y la biodiversidad varían ampliamente en las diferentes regiones del planeta.

Existen suficientes evidencias para pensar que en los próximos años se otorgará a los biocombustibles (biodiesel y bioetanol) un rol cada vez más importante, sobre todo por parte de aquellos países que conforman los mercados de mayor consumo de combustibles. Es por ello que la creación de un mercado internacional de biocombustibles les permitirá acceder a estos insumos en aquellos países que poseen los mayores potenciales de producción, como es el caso de Argentina.

A pesar de la expectativa generada alrededor del etanol y el biodiesel, la actual generación de biocombustibles supone importantes impactos ambientales y sociales. En el corto plazo, todo hace suponer que la mayor parte de los biocombustibles líquidos serán obtenidos de cultivos específicos como la colza, maíz, soja o caña de azúcar, lo que implica extremar los cuidados acerca del modo en que estos cultivos se realizan. Los riesgos esenciales tienen que ver con el desplazamiento que pueden producir en cultivos destinados a producir alimentos, el incremento de la presión para expandir la frontera agrícola sobre ecosistemas frágiles o sobre montes y selvas. Estos aspectos del desarrollo en la producción de biocombustibles son los que requieren principal atención.

Reducción de Gases de Efecto Invernadero

Una de las principales razones que se esgrimen para impulsar el uso de los biocombustibles en el transporte es la urgente necesidad de reducir las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Pero la percepción de que los biocombustibles no implican emisiones de GEI no siempre es una ecuación sencilla de demostrar.

Los biocombustibles obtenidos de cultivos deben demostrar fehacientemente que poseen un balance energético positivo para convertirse en una genuina alternativa energética, ya que para su producción se destina una gran cantidad de energía en el laboreo de la tierra, la cosecha y el procesamiento del cultivo. Realizando un análisis de ciclo completo, el combustible obtenido debe brindar una cantidad significativa de energía por sobre la que se ha gastado en su obtención.

Algunos de los biocombustibles derivados del cultivo de granos pueden contribuir a reducir las emisiones de GEI en el transporte, pero éstos se limitan a aquellos que presentan un balance energético y carbono altamente positivo (Como el etanol obtenido de la caña de azúcar) que además deben ser obtenidos en un marco de prácticas agrícolas sustentables , que no ocasionen, de manera directa o indirecta, la destrucción de ecosistemas originarios o frágiles y que no disminuya la capacidad de ninguna nación, en particular de los países en desarrollo, para garantizar su seguridad alimentaria y la soberanía.

El transporte es responsable del 25% de las emisiones de GEI relativas a la actividad energética a nivel global. Los biocombustibles han sido presentados como actores claves para reducir esas emisiones. Sin embargo, no es cierto que el balance de emisiones de los biocombustibles sea neutro. Diversos factores relativos al tipo de insumo utilizado, posibles cambios en el uso del suelo, la tecnología de conversión utilizada, son factores determinantes del nivel de emisiones asociadas a un biocombustible dado.

Para el caso del bioetanol en base a maíz, el balance energético es extremadamente pobre lo que hace desaconsejable apostar hacia esa tecnología. En relación al biodiesel en base a soja, dicho balance es también bajo. En cuanto a las emisiones de GEI para el caso de la soja son varios los factores a tener en cuenta. Uno de ellos, que complejiza enormemente la evaluación climática, es que este cultivo ha venido impulsando la deforestación y por lo tanto su crecimiento ha generado enormes emisiones por pérdida de masa forestal y por cambio en el uso del suelo.

El más común e importante GEI es el dióxido de carbono (co2), cuya principal fuente es la quema de combustibles fósiles. Pero también es necesario analizar lo que sucede con los otros GEI como aquellos gases que contienen nitrógeno y azufre (Nox y Sox), el metano y un conjunto de gases industriales como los CFCs. Esto es importante porque los sistemas biológicos involucrados en la producción de biocombustibles involucran una cantidad de emisiones de gases orgánicos e inorgánicos que son GEI.

Las reducciones de emisiones que pueden generar los biocombustibles producidos en tierras desmontadas demandarán decenas o cientos de años para compensar las emisiones generadas en los desmontes. La desaparición de montes y selvas para generar tierras cultivables no solo genera problemas en materia de biodiversidad y para las comunidades locales, también contribuye a agravar el problema del cambio climático.

El uso de “residuos” tales como el aceite de cocina usado, restos de caña o residuos de la actividad forestal como materias primas para la obtención de biocombustibles no presenta grandes problemas. Bien manejados, el uso de estos residuos representa impactos negativos muy bajos y tiene un alto potencial para reducir GEI. En la medida que la segunda generación de biocombustibles esté a disposición será mucho más fácil el uso de esta enorme variedad de residuos como insumos para obtener sustitutos de los combustibles fósiles.

Energía vs. Alimentos

La demanda por la tierra o el uso del suelo representa una de las más importantes controversias sobre los cultivos energéticos. Esta demanda se traduce en una clara competencia con otros usos tradicionales del suelo, básicamente la producción de alimento, ya que se trata de una disputa por tierras que , por lo general, se encuentran actualmente en producción.

Este aspecto es sumamente importante, sin embargo el impacto negativo o la competencia con la producción de alimentos tiene una consecuencia mucho más inmediata: el aumento en los precios de los alimentos. Por esta razón, buena parte del sector productivo agrícola ha puesto gran interés en el desarrollo de los biocombustibles al considerarlos una oportunidad para mejorar la cotización de su producción. Es claro que la demanda de biocombustibles hará que los cultivos energéticos se valoricen generando precios mucho más altos que los que originalmente se pagaban por esos mismo cultivos cuando su destino era la industria alimenticia.

El uso de la soja y el maíz con fines energéticos aún no han puesto en total peligro la oferta global de alimentos. No obstante, ya está afectando el precio de la soja o el maíz como materias primas alimenticias por el simple hecho de que hay una demanda incremental y sostenida. Debido al impulso del etanol por parte de EEUU ha hecho que el maíz haya superado techos históricos de precios y se pronostica que esto es sólo el comienzo. El acceso al maíz será mucho más difícil para quienes tengan pocos recursos.

El International Food Policy Research Institute (IFPRI) en Washington, había presentado en 2007, estimaciones destacables sobre la posible repercusión internacional de la creciente demanda de biocombustibles. Prevén que en vista de que los precios del petróleo continúan aumentando, el crecimiento vertiginoso de la producción de biocombustibles elevará los precios del maíz en un 20% para el 2010 y en un 41 % para el 2020. Se pronostica de igual modo que los precios de las semillas oleaginosas, entre las que se incluyen la soja, la colza y el girasol, aumentan en un 26% para el 2010 y en un 76% para el 2020, y los precios del trigo en un 11% y 30% para el 2010 y 2020 respectivamente.

No obstante el alarmante escenario descripto, las estimaciones de la IFPRI fueron conservadoras, el precio de la soja subió en los últimos 12 meses un 73%; el girasol 111%; en tanto que el precio del maíz creció 30%.

Varios estudios de economistas del Banco Mundial y otras instituciones sugieren que el consumo de calorías entre los pobres del mundo disminuye aproximadamente un 0.5 % cada vez que los precios promedio de los alimentos básicos más importantes se incrementan en un 1 %. Los más pobres del mundo ya invierten entre el 50 y el 80 % de los ingresos totales de sus hogares en la compra de alimentos. Para muchos de ellos un aumento significativo en los precios de los alimentos básicos equivaldrá a la desnutrición y al hambre.

Tal como se presenta el campo de los biocombustibles hoy en día, el motor del desarrollo será el mercado externo, el cual buscará que la expansión inicial se focalice centralmente en los cultivos de soja y maíz, las opciones más ineficientes en materia energética y climática. Esto contribuirá a mejorar los precios de tales productos con su consecuente impacto en la industria alimenticia y alimentos para el público en general.

Cambio del uso del suelo y biodiversidad

Los cultivos bioenergéticos tienen implicancias en el uso del suelo, teniendo una enorme importancia en el debate en torno a los biocombustibles la posible presión que puede generarse para impulsar la expansión de la frontera agrícola sobre áreas boscosas o ecosistemas frágiles.

Si bien los países que son grandes consumidores tienen algún potencial para producir cultivos energéticos, lo esperable es que demanden insumos importados de áreas tropicales que poseen mejores rendimientos, menores costos de producción y menores regulaciones ambientales. Esta combinación de factores puede tener consecuencias desastrosas e incrementar la presión sobre las menguantes áreas de selvas y bosques a escala global.

En la actualidad estamos asistiendo a un fenómeno sin precedentes en relación a la trasformación de nuestros bosques nativos en procura de ampliar la superficie agrícola. La deforestación a nivel mundial sigue aumentando a una tasa alarmante: desaparecen aproximadamente 13 millones de hectáreas al año.

La región de América Latina y el Caribe dispone de abundantes recursos forestales, representando el 22% de la superficie boscosa mundial, y posee una biodiversidad forestal sumamente rica: no menos de 10 países tienen por lo menos 1.000 especies de árboles. Pero lamentablemente, la región también alcanza uno de los más altos niveles de deforestación: de 1990 a 2005 perdió alrededor de 64 millones de hectáreas de bosques.

Los datos revelan que la situación de los bosques nativos a nivel mundial y, sobre todo en América Latina, es crítica; y la emergencia forestal en la que actualmente nos encontramos se acentúa cada vez más.

La conversión de ecosistemas naturales en tierras de cultivo es producto de una serie de factores sociales, económicos, políticos, tecnológicos y hasta climáticos. De todos ellos se destaca la presión que ejercerla ampliación de los cultivos de soja motorizada por la demanda internacional de granos.

Todo proceso de expansión de la frontera agrícola comienza con un cultivo muy bien cotizado como puede ser hoy en muchos casos la soja y ayer fue el algodón, que provoca la expansión del mismo hasta zonas que en otras circunstancias hubieran sido dejadas de lado. A la falta de racionalidad ambiental en el modo en que se produce esa expansión no es posible corregirla mediante los procesos tradicionales como son las evaluaciones de impacto ambiental que estudian caso por caso de manera aislada. El criterio que debe imponerse es una visión que planifique y regule la expansión agrícola a escala regional. Es así como el desarrollo de los biocombustibles añade una nueva presión en este proceso de deterioro ambiental y de gran impacto social.

Alternativas:

Greenpeace considera que la bioenergía es parte de la solución para combatir el cambio climático, pero no es “la solución”. El uso masivo de energías contaminantes y destructoras del clima requiere una serie de medidas y tecnologías energéticas muy diversas que contribuyan a reducir nuestro consumo de energía y reemplazar a las fuentes energéticas sucias. Es esencial que el sector de la bioenergía no se vuelva parte del problema que busca resolver ni genere nuevos problemas ambientales.

Los biocombustibles obtenidos de cultivos deben demostrar fehacientemente que poseen un balance energético positivo para convertirse en una genuina alternativa energética ya que para su producción se destina una gran cantidad de energía en el laboreo de la tierra, la cosecha y el procesamiento del cultivo.

Realizando un análisis del ciclo completo, el combustible obtenido debe brindar una cantidad significativa de energía por sobre la que se ha gastado en su obtención. Esto está íntimamente ligado a un análisis exhaustivo del balance de GEI que se han emitido durante el procesamiento del cultivo para poder comprobar que su uso produce realmente reducciones en las emisiones.

El uso de “residuos” tales como el aceite de cocina usado, restos de caña o residuos de la actividad forestal como materias primas para la obtención de biocombustibles, no presentan grandes problemas. Bien manejados, el uso de estos “residuos” representan impactos negativos muy bajos y tiene un alto potencial para reducir GEI.

En la medida que en los próximos años la “próxima generación” tecnológica esté a disposición será mucho más fácil el uso de esta enorme variedad de “residuos” como insumos para obtener biodiesel o bioetanol.

Greenpeace considera positivo el uso de la biomasa obtenida de un modo sustentable para uso en sistemas descentralizados de generación de calor y electricidad (cogeneración, biogás). Algunos de los biocombustibles derivados del cultivo de granos pueden contribuir a reducir las emisiones de GEI en el transporte, pero éstos se limitan a aquellos que presentan un balance energético y de carbono altamente positivo (Por ejemplo: el etanol obtenido de la caña de azúcar). Además deben ser obtenidos en un marco de prácticas agrícolas sustentables, que no ocasionen, de manera directa o indirecta, la destrucción de ecosistemas originarios o frágiles y que no disminuya la capacidad de ninguna nación, en particular de los países en desarrollo, de garantizar su seguridad alimentaría y su soberanía.

Greenpeace alienta el desarrollo de las tecnologías de “segunda generación” para producir biocombustibles (por ejemplo: etanol de origen celulósico) proveniente de los residuos de una agricultura sustentable y de la actividad forestal. La utilización de tales residuos evitará la destrucción de ecosistemas de alto valor y no provocará conflictos en el uso de la tierra.

Una opción energética que frecuentemente aparece asociada a la “bioenergía” es la incineración de residuos municipales. Esta es claramente una opción inaceptable. Greenpeace se opone a la incineración de los residuos municipales con o sin recuperación de energía. El valor calorífico de los residuos municipales se basa fundamentalmente por los plásticos (que utilizan recursos fósiles no renovables) o, en menor medida, papeles y maderas, los que pueden ser fácilmente reciclados. Además, los incineradores de residuos municipales emiten compuestos químicos tóxicos y bioacumulativos, tales como las dioxinas cloradas, a la atmósfera en su operación normal. Los incineradores generan grandes cantidades de cenizas altamente contaminadas y que deben ser manejadas como residuos peligrosos.

Fuente: www.greenpeace.org.ar

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